Ana y Manuel miraban el esqueleto del edificio por construir, cuando vieron caer al suicida desde la azotea. Algunos vecinos dijeron que era un joven corredor de bolsa arruinado en el negocio de su vida, o más bien un seminarista con depresión endógena incurable, o un traficante de drogas duras y blandas, traicionado y lanzado al vacío por sus socios, o que en realidad, era un joven con mal sentido del equilibrio que se había subido al techo para tener una mejor perspectiva de los fuegos artificiales de ese Año Nuevo; otros clamaban que, romántico empedernido, se había enamorado de una extranjera que había regresado a Nueva Zelanda para no volver. Para Ana esto no podía ser una buena señal:
“Estas cosas traen mala suerte, Manuel.”
“Todos nos vamos a morir algún día, lo importante no es porqué o cómo, sino después de qué.” - había sido su respuesta.
Ana, embarazada de cuatro meses, trató de entender esta explicación, pero no pudo dormir durante semanas. Manuel tampoco dormía, pero no era el dinero del dividendo mensual lo que le preocupaba, mas bien clavaba los ojos en el mapamundi pegado en una muralla de su dormitorio, y recordaba que desde que era chico había querido conocer Nueva Zelanda. Eso, antes de comprar un departamento en verde, por supuesto.
Santiago, Julio de 2005
