ANTONIO, LA PELOTA Y EL ROBOT



“¡Allá va, agárrala!" – un golpe seco y la pelota se viene como bala de cañón hacia Antonio que hace lo mejor que puede para detenerla, pero se le escapa de las manos y tiene que correr para alcanzarla.

“La tiraste muy lejos" – jadea – "¡no vale!"
“Así es el fútbol, le grita Jorge. “¿No querías ser pelotero?”
“No, ahora quiero ser ciclista”
“¿Y cuando se te ocurrió eso?”
“Hace poco. Un día que no estabas.” - Antonio da vuelta el balón entre sus manos y lo examina con atención: Es una autentica Nike Total 90 Aerow II de la LFP. Seis capas distintas. Más estable, más aerodinámica, más fácil para jugar.

“¿Dónde vas? ¡sigamos chuteando, poh!”
“Espérame un poco, tengo que hablar con tu mamá.”

Antonio se queda practicando tiros libres con la pared del patio, mientras de reojo ve que Jorge camina hacia la puerta entreabierta de la casa, donde lo espera su mujer con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando hacia el suelo. Al correr hacia la reja del antejardín, ve el automóvil de Jorge estacionado afuera y dentro una mujer de cabello largo y rizado que lee una revista. Mientras la observa, ella parece sentir su mirada, levanta la vista y le sonríe, al tiempo que le hace una señal de saludo con la mano. Antonio no responde y se da la vuelta hacia el fondo del patio. Jorge y su mamá están conversando, pero algo no está bien. Desde la distancia ve que él agita las manos y ella, manos en la cintura esta vez, le dice algo, que Antonio no alcanza a escuchar, pero los gestos de ella le recuerdan los retos que a veces le llegan, cuando se ha portado “mas o menos, no más” como le dicen en el colegio. Entonces, Jorge vuelve a donde estaban jugando, y se pone en cuclillas, como cuando los grandes quieren decir algo importante.

“Oye Tano, me tengo que ir ahora”
“¿Ahora, y el partido? ¿A qué hora vas a volver?”
“No voy a volver por ahora, pero voy a venir a buscarte los fines de semana”
“¿Este fin de semana?”
“No creo, yo te aviso... sigue practicando, para que juguemos un partido de verdad... Chao, un beso.”
“Chao Papá”.

Esa tarde, Antonio va a casa de un compañero de colegio, al cual no conoce mucho, pero que su mamá piensa es “buena junta” y después de jugar un partido arquero – jugador, se baña en la piscina y comparte la mesa del almuerzo con su familia. Para Antonio este es un episodio difícil de entender. No hay reglas de etiqueta en la mesa, como las que se deben observar en casa. Los mayores estiran la mano para alcanzar las cosas y nadie pide permiso para nada. Lo bueno es que todos son humoristas aficionados, las bromas vuelan de un lado a otro y siempre devuelven la pelota, como si se tratara de un partido de tenis.

“Oye cabro, cambia la cara... ¿dónde es el funeral? ¡Ah, quedaste con hambre!”
“ No viejo, si lo que pasa es que el Toño es medio “nerd”... No cacha.
“Ah, ya entonces muéstrale el Robot Interplanetario...”
“Nooo, po’ linda la cuestión, si ni funciona.”
“ No funciona ahora querrás decir, ya que cierto personaje lo echó a perder.”
“Yo no fui”
“Ya, tráigalo hijo no sea egoísta, acuérdese que su amigo trajo la pelota para compartir”
“¡Pero mamá!”
“Ahora”
“Ya, bueno... ya voy”

A regañadientes, el compañero de Antonio va al dormitorio y vuelve con un Robot estilo Japonés, una copia del original, que da vuelta, prende los ojos y lanza misiles. “Ya no hace nada”... “es que se echó a perder a los dos días” le dicen. “Bueno, lo barato a la larga cuesta caro” – interviene la madre. El papá del improvisado amigo de Antonio, dice que na’ que ver, que el cabro no cuida las cosas y que por último para eso está la imaginación. Le saca el juguete de las manos y empieza a hacer la “voz” del robot y dice que va a apoderarse de la tierra y cosas por el estilo. Y el asunto va en serio, porque al final todos terminan en el suelo del living, lanzando cojines y haciendo ruidos de disparos láser.

En la tarde, Antonio mira la hora y decide que es hora de irse. Antonio y su amigo nuevo recorren un par de cuadras juntos, para “encaminarse”. De pronto Antonio dice que tiene una idea:

“Te cambio mi pelota por tu robot”
“Ya, seguro”
“En serio, que se muera mi mamá si es mentira”
“ Vo’ tai loco... esa pelota es de marca”
“Me gusta más el robot”
“tai cagao’”
“Trato hecho o no?”
“Bueno ya, trato hecho, pero si mañana me la queris quitar te va llegar pero qué combo en l’ hocico”
“ Ya. OK... Combo en l’hocico”

Los dos intercambian pelota y robot al mismo tiempo, como si se tratara de un intercambio de documentos ultra-secretos.

Bueno, dice Antonio – “nos juntamos mañana de nuevo”

“¡Con vo’ poh!”
“!Púdrete!”
“¡Ya, chao!”

Cuando por fin llega a su casa, Antonio no necesita tocar a la puerta porque ya tiene llave de la entrada. En la puerta del refrigerador se encuentra con un mensaje de su madre donde le dice que tuvo que ir a hacer unas “diligencias” y que la comida está en el microondas. Pero Antonio no tiene hambre. Entra a su dormitorio y sin encender el computador por primera vez en mucho tiempo, saca una caja de herramientas que tiene debajo de la cama, toma un par de destornilladores Phillips y con paciencia, concentración y método se dedica a desarmar el robot, hasta que separa en distintos lugares del piso la carcasa, los leds rojos, amarillos y azules, la batería, un papel que dice “made in China”, junto con un montón de cables y chips medio fundidos. Ahora su tarea esta completa. En realidad, todavía no.
Tiene que averiguar como funciona. Volverlo a armar, y las instrucciones no están dentro.



Rodrigo Gómez
Santiago, Junio de 2007