Todos lo miran con una mezcla de fascinación y algo de asco. Él, inmóvil, petrificado, piensa en la estatua de O’Higgins en la plaza de armas. Un sentimiento que otros llamarían ira lo consume. Tan heroico, en su caballo encabritado, es aún historia de Chile en el corazón de la pequeña Lima. También recuerda al alcalde en frente del teatro municipal, las solapas de su chaqueta flameando al viento, la frente en alto, impertérrito a su accidental caída, antes de convertirse en monumento. Los bustos le agradan, le recuerdan que no está solo en su condición de renegado. No recuerda en este momento la palabra. Ya vendrá. Lleva horas esperando pero nadie se acerca. A sus pies, bajo su pedestal, una caja vacía. Las verdaderas estatuas no mendigan, pero él sólo tiene esta opción, por causa de su… ¿Cómo era la palabra? Siempre se le olvida, aunque la viene escuchando desde siempre, en boca de médicos sin nombre. Cada hueso de su gigantesco cuerpo duele, arde bajo el sol inclemente del mediodía. Pero no va a ceder, no volverá a ese lugar húmedo y triste, no volverá a aferrarse de manos en los barrotes mientras lo arrastran hacia adentro… Entonces sucede. Un niño, tembloroso y vacilante se acerca seguido de cerca por sus padres, en su mano, una reluciente moneda emite un destello que le da de lleno en los ojos y penetra hasta su cerebro como una lluvia de alfileres. Vamos. Hazlo, ya era hora. La moneda cae en la caja con un ruido sordo. Esa es la señal. Comienza a moverse y recuerda la palabra: “Acromegalia”. Luego estira sus brazos como un par de pinzas de cangrejo hambriento. El niño grita.
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