LA JOYITA




Mi abuelo dice que a John F. Kennedy lo mataron porque era Católico en un país de protestantes. Pero mi abuelo dice tantas cosas, entre otras que es capaz de ganarme una carrera en su Impala del 63 o “La Joyita”, como él la llama. Todos los días trabaja en restaurar el armatoste que por fuera parece que recién viniera saliendo de la fábrica, pero yo sé que es una máquina muerta y no le hace el peso a mi deportivo dos puertas; aún así, yo no soy de los que anda por las calles vacías de madrugada compitiendo por un honor estúpido. No en vano soy agente de seguros, y sé de lo que hablo. Mi abuelo dice que soy producto de la sociedad de hoy en día, siempre protegiendo lo que no seré capaz de llevarme a la tumba. Que nunca estaré a la altura de mi padre, que murió como un héroe de la 4ta compañía de bomberos de la cual yo no quiero saber ni de dónde era. Por las noches, a esa hora en que los niños están durmiendo, converso con mi esposa que me dice que tengo que entenderlo, que ya está viejo y que no debería engancharme con él en discusiones sin sentido. Yo le digo que tiene razón, pero no puedo dejar de enfurecerme cuando lo veo metido en el motor de su cacharro y me dice que está preparando “su arma secreta” con la cual podrá vencerme así de fácil y nunca sabré que fue lo que pasó. Como si yo no supiera que lo que está haciendo es instalar un pequeño tanque de óxido nitroso para darle más poder a su destartalada máquina. A veces no sé porqué lo tengo viviendo bajo mi techo y no lo dejo viviendo en un asilo de ancianos, como la razón manda que lo haga. Odio cuando se burla de mi convertible descapotable al cual llama “el bote de plástico”, ni siquiera se detiene cuando le digo que el automóvil es un símbolo necesario de estatus para que mis clientes sepan que no están hablando con cualquiera. Pero él no, que seguro que todavía estoy pagando las cuotas en dólares para aparentar que me va muy bien en la vida. Y lo peor es que es cierto, aún estoy pagando, pero si me ha ido bien. Mi sistema funciona y no tengo alzaheimer como él. Lo sé. Lo he seguido a prudente distancia los jueves tarde y he descubierto que se junta con un montón de pendejos con autos enchulados y corren por la autopista a las 3 de la mañana. No entiendo cómo es que estos tipos lo han dejado formar parte de su grupo con sus 70 años a cuestas y sus ideas extrañas. Cuando lo encaré me dijo muy suelto de cuerpo que tenía más en común con ellos que conmigo: “Lo único que no soporto es el Reggaeton” sentenció.


No siempre fue así. Aún recuerdo cuando me enseñaba a pescar y andar en motocicleta. Creo que nunca me perdonó cuando vendí la moto alemana de la II guerra que me había regalado. De nada sirvieron las estadísticas de accidentes en dos ruedas que le mostré para convencerlo. Según él estaba vendiendo la tradición heroica de la familia al mejor postor. Menudo heroísmo. Si todos lo héroes están muertos y yo trabajo en el negocio de proteger a los que quedan vivos. Mi madre lloró a mi padre hasta que dejó esta tierra y siempre tuvo el puñal clavado de no haberme podido costear la universidad. Demasiado pronto se fue y me dejó con este vejete loco que por años me tuvo convencido de que los Cockier Spaniel eran los únicos de su especie que sabían nadar... “perros de agua” los llamaba; También me decía que éramos descendientes de alguno de 77 tipos que murieron en una batalla del siglo XIX, y es que en esos tiempos podría haberme dicho que había navegado por los siete mares con el pirata Barba Roja y yo le habría creído. Así es. Mi infancia estuvo plagada de relatos con luces misteriosas que se perdían en fondo de algún canal para revelar un tesoro escondido o seres de otro planeta que sobrevolaban el cajón del maipo buscando el secreto de la inmortaliadad. Pero un día crecí y vi las cosas tal como eran. Simples y directas, sin dobleces extraordinarios. Entonces comnecé a detestarlo. Primero de manera muy sutil, le cortaba las historias a la mitad. Con una lógica implacable, le preguntaba por fechas, lugares específicos, y después le decía que eso no podría haber pasado en determinado lugar y tiempo. Creo que nunca en mi vida consulté tantos almanaques, libros de Historia y mapas del mundo. Luego él siguió con su contraataque: las críticas a mi estilo de hacer las cosas, que de alguna manera siempre eran inferiores a la manera en que él las hacía. Yo por mi parte, le escondía los materiales que reunía para sus “inventos”. Un par de rodamientos por aquí, una pistola de clavos por allá. Lo dejaba rabiar un par de días y luego las cosas aparecían misteriosamente en su lugar. Al principio culpaba a la nana, después a mis hijos. Fue entonces cuando tuve que decirle que era yo quién cambiaba sus cosas de lugar, porque molestaban, porque para mí eran sencillamente basura que recogía de las ferias persas y no “reciclaje” como él las llamaba. Así fue que la animosidad se hizo mutua. Su último caballo de batalla: mi automóvil (alias el bote de plástico) contra el suyo: “cuando las cosas se hacían de verdad y para que duraran”. En el intertanto, seguía entreteniendo a los nietos con cuentos de campanas sumergidas y la improbable existencia de la Atlántida en las costas del océano Pacífico. Todo esto en contra de mis deseos, pero apoyado por mi esposa, que consideraba que era una entretención inofensiva. “Déjalo”, me decía- “si hace tanto tiempo que está solo y necesita hablar”. Eso fue la última gota que derramó el vaso y me decidió a actuar.


Dos de la mañana del jueves y el vejete que saca el Impala, reluciente, con llamas iridicesntes pintadas a los costados. Lo sigo a distancia prudente, hasta que entra a la autopista, rumbo al sitio donde se reúne para poner a prueba su músculo tuerca. Claro que en esta ocasión, acelero y me pongo a su altura, descubro la capota y le grito: “¡Al fin nos encontramos señor Moriarty! Despúes del puente acelere, porque esta carrera la va a perder Ud.!” . El viejo me mira y como si fuera lo más natural del mundo me contesta: “ Ah, Holmes, tu fin se acerca, tu fin, y tu vergüenza!” Mierda. El viejo pone el pié en el acelerador y me saca 200 metros de ventaja. Entonces todas las estadísticas de accidentes carrteros que acumulo en la cabeza salen a la superficie. Es un prístino momento de lucidez. Nada más. Luego aprieto las mandíbulas y salgo como flecha disparado por un arco de 2.000 caballos de fuerza, para estar en un instante codo a codo con el padre de mi padre. “¡Y ni siquiera estoy con el pié a full! – Escupo. Y me estoy riendo en su cara, mientras las luces de las luminarias de mercurio empiezan a doblarse ante nuestra vista. Mi abuelo me mira y me lanza su desafío: : “¡Pero Ud. No contaba con esto señor: lo veo al final del camino... y púdrase!” Cresta. Se me había olvidado lo del tanque de óxido nitroso. Todo lo que veo es una llamarada, un olor nauseabundo y un punto en el horizonte, que debió haber sido un automóvil del 63 impulsado a toda velocidad por una mente desbocada. Y entiendo que es una maniobra de vida o muerte: ese motor jamás volverá a ser el mismo. Ahora sí, hundo el pié en el pedal del gas y me dejo llevar por el monstruo de máquina que tengo bajo el capó. En menos de 50 segundos estoy junto a él y siento que ésta es su carrera, que debería ceder, dejarlo ganar, pero no. No ahora que me estoy divirtiendo. El viejo con cara de velocidad, aparece por un instante y luego piso con más fuerza el pedal y lo dejo atrás. Miro por el espejo retrovisor y veo que el auto del abuelo empieza a coletear, hasta que se estrella contra la reja de contención. Fuego de verdad empieza a envolver el diseño de la carrocería. El corazón empieza a latir en mi pecho como cuando rompí el primer vidrio de las ventanas del vecino con mi pelota nueva. No sé cómo, me detengo en una berma de seguridad, salto fuera y comienzo a correr hacia el auto siniestrado. “¡Tata! ¡Tata!” Estoy gritando. Cuando llego, el lugar es una bola de fuego y fierros retorcidos. Las piernas me tiemblan y caigo de rodillas. Una mano me toma del hombro y veo a mi abuelo parado detrás de mí. “Te saliste del personaje cabrito”, me dice - “y además me ganaste... Bien!”- Yo me levanto, lo toco por todos lados para asegurarme de que no es un fantasma y sólo atino a balbucear: “Abuelo, la joyita, se perdió!”- él mira hacia otro lado y me contesta. “No mijo, esa no es la joyita” – y me abraza. A lo lejos se escuchan sirenas cada vez más cerca. “Mejor piense que le vamos a decir a los pacos. Ud. que es un verdadero diamante.”

9 comentarios:

Anonymous said...

Mmm, a ver, a ver... impresiones..varias.. una mezcla de venganza merecida o de rabia culposa en contra de los viejos. Yo tambien sentí esos deseos de venganza y de alguna manera tu cuento me interpreta. Creo que tu estilo me gusta, es ágil, engancha y los finales dejan con sabor a qué más sigue?? Te felicito!

Malba Barahona said...

Felicitaciones! Cautivó mi atención instantaneamente, a pesar de que creo que la caracterización del abuelo fue un poco reiterativa y me puso impaciente, me entiendes?
El desarrollo y clímax, entretenido y vivaz!

Keep on writing!

Malba Barahona said...

Otra cosa, con respecto al formato del blog mismo, creo que sería mejor si eligieras un template en que las entradas fueran más anchas y así garantizar una mejor lectura, si blogger no sirve, intenta con wordpress, es más flexible.

Anonymous said...

wow! que bueno compadre! no se si es el hecho de estar cansado lo que me hizo "casi" tirar la esponja en la mitad.. el diseno del blg no ayuda mucho, es un poco dificl de leer, muy agosto el cuerpo.. pero ahi llego el final y no pude dejar de leer de ahi en adelante.. muy bien.. me gusto.. sigue escribiendo!!

Anonymous said...

Me encantó, retrataste algo que muchos hemos vivido o vivimos.. relaciones de amor y odio... egoísmos, soberbia, comprensión... lograste que sintiera un apretón de garganta.. y me sorprendiste con el final... que rico, la vida puede dar segundas oportunidades !!

Felicitaciones

Brenda said...

No sabes como y cuanto me sentí identificada con tu cuento. Me encantó "La joyita", y me gustó bastante leerlo. Me identifiqué con la situación, pero no con mis abuelos, me pasa todo eso con mi papá, y me va a seguir pasando.
Me gustó que eligieras en algunas frases precisas, palabras que no usamos mucho en nuestro lenguaje diario, muy bien usadas. No puedo dejar de felicitarte, y decirte que te veo un muy buen futuro.

MiruChile said...

Me recordó muchas cosas y gentes...Realmente me cautivó tu escritura una vez más. Keep on writing!!
Ah!! I do love u!

Anonymous said...

Rodri...excelente relato..me cautivo de principio a fin...me encanta el final en el que a pesar del supuesto "odio" hacia el abuelo, el nieto se siente triste...muy triste....lograste hacerme sentir eso...muy bien...no sabia que tuvieras esas habiidades..sigue haciendolo..
PD: el formato si es un poco incomodo...claro que la letra es mucho mejor que en la ultima entrada (me gusto mas este que el ultimo..el de los extraterrestres..)

German Romero

Anonymous said...

Cautivador...