Pese a todos los inconvenientes, a todas esas cosas ásperas que de vez en cuando nos brinda la vida, jamás pensé que el día de ayer llegaría a ser tan atribulado.
Resulta que al llegar a mi hogar, después de una agotadora sesión de directorio en alguna de las tantas empresas que poseo y de cuyo nombre no me acuerdo en este momento – poco me interesan las posesiones materiales, ya que después de todo, ¿A quién le importa un complejo turístico más o uno menos? – me encontré con que mi refugio, mi humilde morada, estaba completamente vacía, desierta.
Nadie me recibió con la acostumbrada toalla húmeda, nadie vino a quitarme los zapatos. Es más, por el eco que pude percibir cuando llamé a mis escasos doce sirvientes, sospeché que faltaba uno que otro mueble. Bueno, todos los muebles. Y el sistema surround con parlantes Bosse y la pantalla HD, las alfombras persas y la porcelana Japonesa. Sólo quedaba un pocillo para tomar Sake con un trozo de papel adentro. Papel que desdoblé cuidadosamente, percatándome de que estaba escrito. Papel cuyo texto me sería imposible relatar sin recurrir a la cita directa. A saber:
“¿Sabí que má? Nos tení asta la tusa por pulpo, mala clase y viejo loco, así que nos cobramo todos los reajustes y meses po año que no debí.
PD: Cuidaíto con abrir el tarro o soltar la jeta, porque te tenemo super
cachao. Como dicen en la tele, saemos demasiado.
Chao gil.”
Comprenderán ustedes la ira que me asaltó cuando pude constatar la enorme cantidad de faltas de ortografía de la misiva. Porque claro, a los tipos malagradecidos estoy acostumbrado y que me hubieran robado unas cuantas porquerías (que igual pensaba cambiar luego) tampoco era gran cosa. Lo más triste e indignante era el hecho de que más de 20 años de roce social no habían dejado la menor huella en esa caterva de incultos con olor a pueblo, que algún día tuve a bien llamar “personal de servicio”.
Y eso no era todo: Además no habían sacudido el polvo, ni pasado la aspiradora, ni regado, antes de irse.
¿Sería posible que mi fiel ama de llaves también me hubiese traicionado? Subí las escaleras de mármol casi trotando, presa de un mal presentimiento, pero cuando llegué a mi dormitorio constaté que todo estaba en orden: mis camisas de seda, todas planchadas y ordenadas en sus respectivos armarios; mis cuarenta ternos de temporada embalados y listos para mandarlos como donativo al Hogar de Cristo; los cristales de las ventanas tan transparentes que casi no se veían; la cama Tudor impecablemente tendida. Todo pulcro, diáfano, limpio, ordenado, excepto por la tina de mi baño que se encontraba chorreada de sangre. Adentro descansaba el cuerpo de mi fiel Ernestina, con las venas abiertas de arriba abajo, de lado a lado, producto de algún arrebato infantil que yo desconocía.
Busqué en algún lugar la tradicional nota que se deja en estos casos. Finalmente la encontré. Estaba escrita con lápiz labial en el espejo del lavamanos. La caligrafía no era buena. Grande fue mi sorpresa al descubrir que no estaba dirigida al señor juez sino que a mí. Cito una vez más:
“Mi amado Esteban: que no te sorprenda la espantosa y terrible decisión que he tomado. Mi pobre corazón ya no puede soportar tu indiferencia ante mis súplicas de amor. Tu fuiste mi prime y único hombre. Aún sabiendo que eras casado yo acepté el humilde papel que me correspondía. Pero cuando tu esposa partió en aquel viaje sorpresivo del que jamás regresaría, tuve la loca esperanza de que por fin me aceptarías. Sin embargo, seguiste rechazándome, sólo para tomarme cuando tu pasión así te lo dictaba. Comprenderás querido Esteban, que ya no podía seguir soportándolo, que esto era inevitable. Igual no te culpo. Si quieres cenar, te dejé la comida lista, llegar y calentarla en el microondas. Ah, creo que los empleados van a hacer una huelga o algo así. Te amo.
Ernestina.”
Debo confesar que la carta, aunque algo cursi, tuvo la facultad de enternecerme. Pensar que hay cosas que uno ni siquiera se cuestiona y que para otras almas más simples lo son todo. El caso es que, ante la fuerza de la misiva, mis propios problemas me parecieron nimios, insignificantes. Lo que vendría (la policía husmeando por aquí y por allá, los interrogatorios, los contra interrogatorios) no me afectaba en nada.
Por eso, después de haber divagado durante horas, envolví el cuerpo de mi apreciada Ernestina en una bolsa de plástico, lavé la tina, limpié el espejo y bajé con el cadáver hasta el sótano, depositándola junto al cuerpo de mi recordada esposa, para que le sirviese de compañía en aquel viaje sorpresivo del cual nunca regresó.
Ahora estoy sentado en el antejardín de mi morada, bebiendo una copa de buen Pernod, que mis empleados no se llevaron-por pura ignorancia-Escribo estas líneas al comenzar el día y como un legado para la posteridad. Sé que por ahora estoy solo, muy solo. Pero para alguien como yo, existen múltiples maneras de reinventarse: siempre he sido bueno para prometer cosas que después no puedo cumplir, así que un lugar en la política no es una opción para desechar. Nunca he probado suerte en la exportación, o en la gastronomía... en fin. Las posibilidades son infinitas. Lo único que me molesta en este momento es mi estómago, los calambres y la espuma que comienza a salir de mi boca. Algo me dice que después de todo mis lacayos dejaron la botella de licor con algún propósito más siniestro que solo el descuido. El glorioso despuntar del día se hace cada vez más borroso y mientras me caigo de mi silla, todo se va a negro. La ingratitud no tiene límites.
